jueves, 22 de octubre de 2015

Yo maté a Pablo Iglesias

Foto de Pablo Iglesias y Albert Rivera tomada de @salvadostv
Hace unos meses, en una de esas charlas que se tienen entre amigos, comenté a mi librero de cabecera (@MfVicen), que, de escribir un libro, lo haría bajo el título de Yo maté a Pablo Iglesias. En él, el objetivo sería desmontar desde el punto de vista comunicativo a quien entonces parecía predestinado (o autopredestinado, si se permite la expresión) a alcanzar La Moncloa.

Pasados unos meses de aquella conversación literaria-política, no he escrito el libro, y ya tengo seguro que no lo haré. La lástima es que, con el tirón que tiene Iglesias (@Pablo_Iglesias_), a buen seguro he dejado de ganar unos cuantos euros. Y no lo haré porque, a tenor de los últimos hechos, desde el prisma de la comunicación política, su personaje político parece acabado. La muerte le llegó de éxito. Un éxito mal gestionado.

Esa muerte dulce llegó después de una aparición estelar en las elecciones europeas, curiosamente los comicios en los que, por desconocimiento y lejanía, los ciudadanos prestan menos atención. Un interés menor que igual no se tuvo presente al proyectar resultados futuros. Es cierto que gobiernan en sitios importantes, aunque el cambio de timón que se pretendía dar a la política en España no ha sido tal. Por supuesto, también hay que destacar resultados negativos importantes, como el ocurrido en Cataluña. 

No hay que restar importancia a su contribución a la lucha contra el bipartidismo, es justo. Como también lo es reconocer que, sin embargo, en ese cambio tranquilo del que luego empezó a hablarse, el Ciudadanos de Albert Rivera (@Albert_Rivera) le ha hecho un adelantamiento tan notable como si estuviésemos hablando de los coches actuales de Lewis Hamilton y Fernando Alonso. 

Pero volvamos a la figura de Pablo Iglesias. Esa imagen de un tipo común, con coleta y, sobre todo, camisa y vaqueros, que impactó en un primer momento y que fue imitada por otros líderes, ha sucumbido a un discurso contradictorio (justo cuando pasó de ser tertuliano a candidato), un lenguaje a veces censurable por el continuo uso de palabras soeces, y a la prepotencia que le ha hecho alardear de matrículas de honor, por ejemplo. 

Desde el punto de vista comunicativo, también le ha fallado la comunicación no verbal, esa que deja transmitir inseguridad cuando se le pide improvisación y se le obliga a salirse del discurso marcado. En definitiva, su papel como profesor universitario parece haberle marcado hasta el punto de que lejos del 'temario' no parece encontrarse cómodo. 

Habrá que esperar al 20-D para comprobar si el Pablo Iglesias político está verdaderamente acabado, pero lo que sí parece claro es que hay una gran diferencia entre ser politólogo y verter opiniones en tertulias, en teorizar, que en dar ejemplo a pie de calle. La política, pese a lo denostada que está actualmente por la corrupción, es una profesión de mucha exigencia, y no todo el mundo está preparado para ello, pese a que uno pueda ser el mejor en lo suyo. A la vista está. Y mientras llega la fecha, lo que sí podré es quedarme tranquilo, porque ya es seguro que Yo no maté a Pablo Iglesias. Él se inmoló solito. Eso sí, espero que mi librero referencia y posible editor sepa perdonarme por haber desaprovechado la ocasión de lanzar un best-seller. ¡Otra vez será!

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