sábado, 3 de diciembre de 2016

Érase una vez


Érase una vez un niño que cogía un trapo rojo y simulaba dar capotazos. No tenía miedo al toro. Ni a las cornadas.
Con el tiempo, dejó la espada y la muleta. Las cambió por un balón. No tenía miedo a la derrota. Ni a quedarse por el camino.
Los años pasaron y entonces pensó en hacerse abogado. Le dio miedo tener que defender algún día a los malos. Optó por cambiar el paso.
De repente, un día se hizo mayor. Decidió contar historias. No, no estudió Historia. Pero lo logró. Disfrutó. Hasta que llegó el hartazgo. No por él. Por las circunstancias.
Un día recibió una llamada. Una vía de escape. Una opción para crecer. Apostó y salió mal. No fue la única caída. Luego llegaría otra, otra y otra más.
Aún hoy se lame las heridas. Hay días que duelen más. Hay otros en las que son meras cicatrices. Marcas de vida. De lo vivido. De lo aprendido. Enseñanzas.
Aquel niño ya no es tal. Bueno, a veces sí. Cuando se ilusiona. Cuando al escarbar vuelve a encontrar motivos para volver a intentarlo. Para no arrojar la toalla. Para no retirarse antes de tiempo.
Esos días se reconocen porque le brillan los ojos. Porque vuelve a creer y las ideas fluyen como si no hubiese mañana. Ni fracaso. Ni derrotas. Ni siquiera miedo.
Porque vuelve a sentir como cuando un día cogió aquel trapo rojo sin pensar en las cornadas que da la vida. También al animal. O aquel balón, sin plantearse si algún día tendría que colgar las botas con toda la vida aún por delante. Con tanto por demostrar. O como cuando barajó ser abogado, antes de pararse a pensar que en la vida no siempre ganan los buenos. Ni hay verdades absolutas ni la justicia es ciega. O como cuando se sintió atraído por la Historia, pese al descubrimiento de que casi siempre la escriben los vencedores. O como cuando lo desechó todo por contar historias. Como la tuya. Como la mía. Como ésta. 

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