lunes, 8 de mayo de 2017

La diferenciación como marca

Hay que pensar en diferenciarse. / Imagen: Pixabay.
En un mundo globalizado y cada vez más conectado, la diferenciación es un valor. Es más, yo diría que un valor importantísimo, especialmente si lo que pretendemos es crear nuestra propia marca. Acostumbrados a unos tiempos donde las modas son prácticamente universales en cuestión de segundos y lo que visten hoy hombres y mujeres en Nueva York mañana es reclamado vía comercio electrónico en Madrid o Barcelona tras verlo en un vídeo por Facebook,  el ser diferente te da poder. 

Pero poder entendido como una opción para destacar y alcanzar tus metas y no visto desde la concepción del ordeno y mando o de las posibilidades de que otros te sigan por el simple hecho de tener dinero o poder pagarles con favores. En la actualidad, ponerte una camiseta amarilla te hará sin duda destacar entre la masa gris, entre tanta homogeneidad, entre tanto más de lo mismo. Hoy ser una oveja negra (bien entendida) hace que llames la atención entre quienes comparten contigo rebaño. Por eso no hay que tener miedo a ser diferente, sino aprovechar tal circunstancia para ponerte en valor.

Llevado esto al terreno personal y profesional, sin duda, intentar marcar tu propio camino, aunque sea más largo y tortuoso, debe acabar conduciéndote hacia el objetivo perseguido. Sí, porque si es más complicado ir a contracorriente y no optar por subirte a la ola de moda, si no cabe duda de que es más difícil no reír las gracias ni optar por el sí por el sí, también puede ser visto como una ventaja competitiva. ¡Viva la crítica (constructiva)! ¡Viva el dar tu punto de vista (siempre desde el respeto) sin temor a represalias! ¡Viva leer un libro a tu hijo en un mundo cada vez menos amante de los libros! ¡Viva hablar mientras tomas algo en un mundo enganchado al móvil! ¡Viva aprender a jugar al ajedrez mientras restas tiempo al móvil o a la televisión!

Un rápido vistazo por redes sociales te hace, por ejemplo, sentir que si no dices que eres coach o social media manager, no tienes nada que hacer en el terreno laboral. Puedes incluso llegar a tener la sensación de que eres una persona a la que el fracaso no va a dejar nunca, hasta que llegue el día en el que te des cuenta de que lo que tiene que hacer es apostar por vender tus fortalezas y hacer doblar la rodilla a tus debilidades (para eso un análisis DAFO es fundamental).

Para ello es clave cuestionarse si quieres luchar por convertirte en algo con lo que no te sientes identificado o que nunca te has plateado ser. Así, cabe preguntarse si es estrictamente necesario intentar aprender hasta especializarte cosas en las que otros ya son expertos, con la desventaja inicial desde la que partes, u optar por dedicarte y venderte como profesional de lo que realmente sabes y te gusta hacer. Sin duda, desde mi punto de vista, la elección correcta estaría en la segunda opción.

Leemos muchas veces frases populares o motivadores que circulan por aquí y por allá, invitándonos a ser felices, a luchar por nuestros sueños. Y no hay mejor manera de hacerlo que especializándote en aquello para lo que realmente vales y en aquello con lo que realmente disfrutas, es decir, en trabajar por sacar a la luz tu verdadero potencial y ponerlo (y ponerte) en valor. Sí, la especialización también tiene que verse como un aspecto diferenciador de tu marca personal. Sobre todo, en unos tiempos donde todo el mundo entiende de todo, sí, como aquel maestro liendre del que sabiamente habla el saber popular, el mismo que, al final, de nada entiende.

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